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sábado, 15 de febrero de 2014

Las muñecas rotas de Eva Trigo

Por Juan Cervera Sanchís Jiménez y Rueda

Eva Trigo Cervera, Lora del Río, España, 1967, profesora de Educación Especial en la Escuela Pública y residente en Madrid, acaba de publicar, editado por LULU, mayo 2013, el libro de relatos “MuñecasRotas”, con foto de portada hecha por ella misma y diseño de portada de Lubélia Carvalho. Libro de 69 páginas donde reúne trece relatos breves en los que se respira y se palpa, en un trenzado inquietante, diversas, aunque coincidentes en lo fundamental, vidas de mujeres, como la de Manuela, la restauradora y su recogedor de recuerdos, o la de Berta, ante el asombro y la sorpresa de un primer encuentro amoroso revelador.

En una prosa fluida y precisa, con el fin de decir aquello que se quiere decir, con claridad, y a su vez tocada de poesía, Eva Trigo, pespuntea bellamente cada uno de sus relatos, bordados de gracia literaria y seductora sencillez, en mitad del desamparo de sus muñecas desencantadas por los zarpazos inmisericordes de la vida.

Historias, algunas, escritas en primera persona, como “El Secreto”, donde Felisa, la joven doméstica engañada por Don Benito, su patrón, se convierte en madre prematura. Una vieja historia harto común, pero que Eva cuenta con original encanto y sin caer nunca en el sentimentalismo.

Quizá no tan común. ¿o quién sabe?, Eva Trigo teje, excelente tejido, en “La profesora de esgrima”, uno de los relatos más sutiles de “Muñecas Rotas”. Se adentra, en lo que podríamos llamar la selva psicológica, de una circunspecta y honorable profesora, y la desnuda ante su íntimo espejo, al sentirse vivamente atraída por una bella alumna. Aquí, el yo y el contra-yo de la profesora, como un florete cortante, le entreabren el corazón, pero he ahí que ella… queda claro que la vida se puede vivir, finalmente, a contra vida. Reveladora historia.

En “El último suspiro”, la muñeca rota, se autodestruye a si misma y nos estremece hasta el extremo del estremecimiento. Y esto no es un juego de palabras.

"Un toque de suerte”, aquí la autora nos recuerda que la vida es torrencial y los hechos más serios pueden ser felizmente cómicos. Además se evidencia que las llamadas eminencias médicas no siempre son eminencias.

En “El castigo de Magdalena” se cuestionan los métodos brutales de ciertas personas que se creen dueñas de la verdad absoluta, y hasta iluminadas, y se castiga a una niña en la creencia de que en el castigo irracional hay algo de positivo. La pedagogía de los fanáticos suele ser criminal.

Remendando la vida” es la narración más breve de “Muñecas Rotas”, aunque una de las más intensas y dramáticas. Es una historia de alfileres y zurcidos y como para llorar a mares entre dobladillos, agujas, tijeras y recuerdos hirientes.

El puente de la vida” nos habla de Adela, una mujer que en mitad de la tormenta y los truenos de la vida busca y aspira al remanso.

"Yo sólo quería tener un gallinero”, una historia donde una joven se hace mujer y en vez de un gallinero, la vida que siempre nos suele gastar las más insólitas bromas, la convierte en madre de una familia numerosa. Menuda broma.

Se suceden las historias, que son trece, con “No me temas, amor, “Huir de madrugada no es de cobardes”, “La mujer de los cabellos plateados” y “El primer encuentro”.

Muñecas que se rompen en un ir y venir por los vericuetos del tiempo y del espacio y todo esto que llamamos vida y nadie sabe, bien a bien, de qué se trata, pero que necesitamos contarnos, en un afán reconstructor, contra la destrucción constante a que nos someten las circunstancias que, sin querer queriendo, nos llevan y nos traen de un lado a otro como el vendaval a las hojas.

Muñecas Rotas”, hojas del árbol de la vida, que Eva Trigo Cervera recoge en un legítimo deseo de que el olvido no las suma en el anonimato deshumanizador. Relatos empapados de humanidad y que, por sí mismos, son honda y estremecedoramente humanizadores.

TieRRa HúMEda Poesía para que florezca el alma

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Juan Cervera es su poesía


Por Norma Bazua -escritora y crítica mexicana
Juan Cervera es su poesía de imágenes diarias, en él lo cotidiano se embellece por el acierto de una palabra que lo revela así, sencillamente en el lenguaje coloquial, ligado a la tradición española y tan magistralmente ha revalorado León Felipe, en un realismo para gritar, para blasfemar, para señalar, para destacar con crudeza lo que vemos por tan nuestro, tan diario.
Toda su poesía es un acto de fe, un manifiesto poético de humanidad, de hombría en el sentido más lleno del término, de un hombre de ama, sufre, llora, blasfema, odia, se angustia. Logra decir con poesía, con voz alta, lo que todos queremos gritar: la identidad con todos los hombres de la tierra. Por eso, su poesía, es un grito manifiesto en palabra de tierra diaria, palabra sencilla, que “Vive sembrando amor, dándose como el trigo a la tierra”, porque en Juan Cervera, poeta y hombre, son la misma cosa; en él se acaban esas discusiones sobre “una es la obra y otra el hombre”.


RETRATO DE JUAN CERVERA
Este Juan que no cabe en su esqueleto
y en pan y vino trueca su bravura,
trajo trozos de vida en su alfabeto
y su alforja poblada de llanura.

Convive a guerra y muerte sin secreto.
En joya de nostalgia su figura.
Reúne algo del pueblo y el abeto.
Comparte su pobreza con holgura.

Tiene la voz ardida entre destierros,
el espíritu libre de la hombría
y la honradez de trigos y de hierros.

Español de la férrea rebeldía
conversa con labranzas y cencerros
del vivir en agónica agonía.

HORACIO ESPINOSA ALTAMIRANO
-poeta mexicano-



TieRRa HúMEda Poesía para que florezca el alma

jueves, 10 de enero de 2013

Lectura poética de la semana: "A orillas del Duero", de Antonio Machado

Hoy comienzo una intensión nueva: escribir sobre un poema, cada semana. Porque la poesía, con reflexión y sentimiento, ¡llena las horas de pródigos saberes!
   Qué mejor manera de comenzar este propósito, que con el bueno, en el buen sentido de la palabra, de Don Antonio Machado, nacido en Sevilla el 26 de julio de 1875 y muerto en Colliere el 22 de febrero de 1939; y su poema "A orillas del Duero".

Releo y descubro, a Don Antonio Machado, sabio y emocionante de nuevo. Siempre atesoro, en el corazón de mi memoria, varios de sus versos y esto expresa mi mejor homenaje. Nada de panderetas, mi homenaje late en la memoria y la reflexión personal, íntima.  
   "A orillas del Duero" pertenece al libro, Campos de Castilla (1907-1917), escrito en la madurez y en la pena, porque había muerto su primer y gran amor: Leonor Izquierdo Cuevas; aunque esta es leña de otro fuego, subyacente a la serenidad triste, que caracteriza el ánimo de Campos de Castilla.
   El poema, "A orillas del Duero", abarca distintas preocupaciones: el yo y el paisaje; la historia y el tiempo: el ser del presente, el ser del pasado y el ser futuro, aunado narrativamente, porque "canto y cuento es la poesía"; y, más que esto, un corazón en espera, que no deja de latir jamás. 
  En "A orillas del Duero" el poeta mezcló latinismos y arabismos, como "cayado", "hollar", "espliego" -del latín-; "alcor", "barbacana" -del árabe-; el mestizaje esencial de la lengua castellana. Don Machado mostró un refinado uso de nuestra lengua, la embelleció, la llevo a la síntesis y a la hondura de la idea, desdeñoso del mamotreto y la presunción hueca.
   El poeta, entonces, "A orillas del Duero" subía por el pedregal, ensimismado.
         Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.
      Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
      buscando los recodos de sombra, lentamente.
      A trechos me paraba para enjugar mi frente
      y dar algún respiro al pecho jadeante;
      o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante
      y hacia la mano diestra vencido y apoyado
      en un bastón, a guisa de pastoril cayado,
      trepaba por los cerros que habitan las rapaces
      aves de altura, hollando las hierbas montaraces
      de fuerte olor —romero, tomillo, salvia, espliego—. 
      Sobre los agrios campos caía un sol de fuego. 


   Don Antonio Machado sabía que "el que habla consigo, quiere hablar con Dios un día". El "yo, solo", habla con la transparencia de Dios entre el paisaje; no dice nada, sino va silencioso, "a guisa de pastoril cayado"; deja hablar al paisaje. No hay, si quiera, el pincelazo de una opinión. El paisaje es, abraza al solitario y lo hace suyo, ya son uno mismo el poeta y el paisaje. 
   El pasado se hace presente, el yo, habla de otro yo. El poeta narra sobre sí mismo: "yo, solo [...] subía [...] me paraba para enjugar..."; el verbo aclara toda duda. Quien se recuerda, observa un espejo de fantasía. La emoción presente de quien recuerda impregna el pasado, un velo "agrio" empaña la descripción, un velo de ilusión mítica.

                  Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo
       cruzaba solitario el puro azul del cielo.
       Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo, 
       y una redonda loma cual recamado escudo,
       y cárdenos alcores sobre la parda tierra 
       —harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra—,
       las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero
       para formar la corva ballesta de un arquero
       en torno a Soria. —Soria es una barbacana,
       hacia Aragón, que tiene la torre castellana—.
       Veía el horizonte cerrado por colinas
       oscuras, coronadas de robles y de encinas;
       desnudos peñascales, algún humilde prado
       donde el merino pace y el toro, arrodillado
       sobre la hierba, rumia; las márgenes de río
       lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,
       y, silenciosamente, lejanos pasajeros,
       ¡tan diminutos! —carros, jinetes y arrieros—,
       cruzar el largo puente, y bajo las arcadas
       de piedra ensombrecerse las aguas plateadas 

       del Duero.

   El yo vuelve a ser embebido por el paisaje. El entorno descriptivo se encuentra en un primer plano narrativo. Da la sensación del sueño penetrante: ¿se estuvo o se es invento? El "buitre" "solitario" en el "puro azul del cielo" parece un parangón del poeta, solo, capaz de adentrarse sin estar, estar sino volando. La distancia, de aquella orilla del Duero, se hace presente en el recuerdo. 
   Y habla, de soslayo, sobre una antigua Castilla guerrera: "el recamado escudo"; el "arnés de guerra"; la "ballesta"; la "barbacana"; aunque regada y harapienta. El paisaje nos habla, junto al poeta, de un pasado majestuoso, ahora perdido en los recodos del camino.
    A la distancia, empequeñecidos, los hombres, el ser de España. Como quien ha perdido importancia, majestuosidad en el cuadro. "Los pasajeros" del hoy, ante el ayer majestuoso, ante la serrezuela imponente, se convierten en diminutas criaturas. El hombre es apenas un movimiento nimio en la historia de España y del mundo. Lo petrifica y agiganta el poeta con su canto.
  
          El Duero cruza el corazón de roble
      de Iberia y de Castilla.
      ¡Oh, tierra triste y noble,
      la de los altos llanos y yermos y roquedas,
      de campos sin arados, regatos ni arboledas;
      decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
      y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
      que aún van, abandonando el mortecino hogar,
      como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!
      Castilla miserable, ayer dominadora,
      envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
      ¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada
      recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?
      Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;
      cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
      ¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra
      de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.


   Iberia y Castilla, es decir, origen; ya ajado y palurdo. El ser del presente muestra su oquedad de espíritu y de materia. Sin arado, sin mesones, y sin danzas ni canciones. Nada va, sino es llevado por el río, como las piedras desganadas, hacia la mar, "que es el morir", ya dicho por el poeta Jorge Manrique, autor predilecto de Don Machado.
  "Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora". Duele, todavía, en esta tierras mexicanas, tal desprecio de la ignorancia. La ignorancia vestida de orgullo andrajoso y vano. La ignorancia despreciativa y sabedora, que no busca más allá de sí misma, porque cree que lo sabe todo; la ignorancia absolutista, la que se extravía en su propia torpeza, la que choca con el muro, impotente, ignorante del subsuelo del ayer, donde existen dominios que le ayudarían a salir de su miseria.
    "Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira; / cambian la mar y el monte y el ojo que los mira".  El tiempo, aquí, no es una abstracción, sino un hecho cargado de emoción. La poesía tiene el don, como el don de Don Antonio Machado, de vitalizar lo que podría ser un razonamiento helado, de "vivenciar" el pensamiento. El tiempo pasa en el pulso de las cosas, en el latido de los hombres, basta salir al pedregal de las horas.

               La madre en otro tiempo fecunda en capitanes,
      madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.
      Castilla no es aquella tan generosa un día,
      cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía,
      ufano de su nueva fortuna, y su opulencia,
      a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;
      o que, tras la aventura que acreditó sus bríos, 
      pedía la conquista de los inmensos ríos
      indianos a la corte, la madre de soldados,
      guerreros y adalides que han de tornar, cargados
      de plata y oro, a España, en regios galeones,
      para la presa cuervos, para la lid leones.
      Filósofos nutridos de sopa de convento
      contemplan impasibles el amplio firmamento;
      y si les llega en sueños, como un rumor distante,
      clamor de mercaderes de muelles de Levante,
      no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa?
      Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.
      Castilla miserable, ayer dominadora,
      envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.
      El sol va declinando. De la ciudad lejana
      me llega un armonioso tañido de campana
      —ya irán a su rosario las enlutadas viejas—.
      De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;
      me miran y se alejan, huyendo, y aparecen
      de nuevo, ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen.
      Hacia el camino blanco está el mesón abierto
      al campo ensombrecido y al pedregal desierto. 

   El ser del pasado se agiganta ante la artería del presente. El yo ha desaparecido por completo, velado por el paisaje y por los pensamientos. El poeta ya es aquello que lo circunda, que lo envuelve hondamente. Recuerda, quijotesco, tiempos de caballería y nobleza, de conquistas y riquezas, mientras él va perdido en la bruma de sus pensamientos, impregnados de la historia de su pueblo. 
    Vuelve el ritornelo de Castilla, la despreciativa y sabedora, ignorante. Queda un camino blanco, un ser del futuro, abierto mesón al caminante, de entre sombras y desiertos. Cierra con dos adjetivos, "blanco" y "abierto", más que simples recursos de la estética modernista, guardan el futuro, como una página en blanco y abierta, donde todavía se pueden escribir historias de nobleza.      
   "A orillas del Duero", en esta pronta lectura, nos muestra algunas preocupaciones de Don Antonio Machado: el tiempo, el ser de España, el paisaje y sus símbolos, el yo íntimo. Admirado y entristecido, por un presente que da coces de mula, aromas majestuosos de tomillo antiguo, noble, y un abierto y blanco camino todavía por andar, a guisa de noble pastor, caballeresco.
Abraham Peralta Vélez



Antonio Machado

A orillas del Duero








domingo, 11 de noviembre de 2012

La alegría del idioma, Carlos Pellicer

Les comparto un fragmento del discurso de Carlos Pellicer en su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua; muy a cuento con lo que sucede todavía con la expresión poética del siglo xxi, por lo menos, según mi parca receptividad.

"El arte poético actual, si así puede llamársele, es la negación de toda belleza formal. Los poetas, aquí y allá, se han echado en brazos de un pretendido y falso verso libre que no es sino una prosa de medio uso y de medio pelo. El tema obligado es el anecdotario político-social más saliente de nuestros días, con todo lo que suele tener de odio y de virulencia malsana. Se llaman escritores progresistas y en general, artistas progresistas. Progresistas por imbecilidad, pues ¿de dónde han sacado que el arte es susceptible de progreso? El arte, de acuerdo con los tiempos, es sólo diferente. Desde hace treinta mil años, más o menos, en la época feliz en que todo era de todos, ¡oh, Cervantes, divino e inmortal!, la Humanidad alcanzó la madurez estética por lo que se refiere a la pintura, y no la ha sobre pasado. Después, maduró la arquitectura en Egipto y en lo que hoy llamamos América, y también la escultura. Grecia, inventa o establece, para siempre, los géneros literarios. La música es, por excelencia, perfecto fruto y arte cristianos. Solamente la ciencia continúa su proceso natural evolutivo, facilitando el trabajo y la traslación y multiplicando diabólicamente la capacidad de destrucción y de odio. ¡La pobre ciencia!

Sólo el arte goza de una especie de modesta eternidad. Es lo único que queda en pie, después de desaparecida históricamente una cultura. Pero el arte, en libertad. No por consigna. Y por excelencia, el arte religioso de todos los tiempos, el verdadero arte. Un partido político, con el que tengo algunas afinidades, pretende estúpidamente que sus artistas afiliados, hagan arte para las masas, como si el arte no fuera para todo el mundo. Y le llama arte formal a aquella manifestación artística que expresa refinamientos de oficio, y les exige a esos artistas que no sean refinados, que no hagan las cosas lo mejor que puedan, sino informalmente, es decir, arte, como si dijéramos para analfabetos, para ignorantes, para pobres diablos. Sencillamente un arte jerarquizado hacia abajo. En el colmo de la contradicción, por una parte se desea y lo deseamos muchos afortunada y ardientemente, que no haya hambre ni miseria, que haya, ojalá, una sociedad sin clases, es decir, un mundo cristiano, y por otro lado, se exige en lugar de un arte esplendoroso, un arte sin arte, amorfo y harapiento [...].

La alegría del idioma ha hecho de mí un poeta que ama su oficio, su arte, la suntuosidad, porque en mi sangre hay noches mayas y días mediterráneos. Pero me estoy refiriendo a esa pobre cosa que es el ingenio humano, tan fascinante y tan necesaria en apariencia. Hay algo superior al arte, y es la bondad. Toda la literatura del mundo, pasada, presente y futura, no es y será sino un gentil divertimiento, al lado del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Y la mayor suma de belleza imaginable está contenida también en Él. El cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán. Y veo que pocos momentos he acertado en mi obra poética. Yo, que soy un violento, no he sido en suma sino uno de tantos cobardes. Lástima de alegría del idioma, tan torpemente empleada. Es apenas ahora, a la entrada del otoño, todavía con las últimas rosas en las manos, cuando yo quisiera vivir con la alegría portentosa de la conciencia de lo eterno. Yo daría toda una vida rica de miseria por un solo día de luminosa plenitud.

Hay algo en mí que surgirá y revivirá
la primavera sin su veleidades.
Un día de animadas soledades
encarnará la rosa indicativa.

Me faltará en la boca la saliva;
tan lejos sentiré mis tempestades,
que apenas luminosas oquedades
cerrarán sin ruidosa comitiva.

Entre rumores y amistad campea
mi esperanza. Un volcán sus líneas sube
y el valle con la tarde se ladea.

¿Vendrás, oh primavera, la Esperada?
Y al cuello del volcán, plácida nube
divide en dos la roca apasionada".
Documento publicado en la Revista de la universidad de México y lleva por título "La alegría del idioma".

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Ayocuan Cuetzpaltzin, poeta de la amistad

Abraham Peralta Vélez
¡Qué permanezca la tierra!
¡Qué estén en pie los montes!
Así venía hablando Ayocuan Cuetzpaltzin.
En Tlaxcala, Huexotzinco.
Que se repartan
flores de maíz tostado, flores de cacao.
¡Qué permanezca la tierra!

Canto breve, pregonado por el poeta, Ayocuan de Tecamachalco, durante sus recorridos por los caminos de Tlaxcala. Exclamaciones que anhelan, ante “la región del momento fugaz”, un ser eterno, una permanencia. “¡Qué permanezca la tierra! / ¡Qué estén en pie los montes!”. Su grito angustioso insiste en permanecer, su voz pregona al Dador de vida, como si la tierra y los montes fueran él mismo, destinados a la fugacidad de la vida.
           El poeta -el hombre- y la naturaleza se funden en uno mismo, en el anhelo por lo eterno, la voz, el canto y la forma natural -la tierra, los montes- expresan una exclamación de vida perenne, un chispazo del Dador de vida, porque “del interior del cielo vienen/ las bellas flores, los bellos cantos”, como dice en otro poema. Es tal la manera de fundirse con la naturaleza, que pide por ella, sin importar la enunciación de él mismo, como si ella fuera una extensión de sí mismo, un amor que conforma su ser en total desprendimiento.
        Anhelar que permanezcan la tierra y los montes significa querer la vida más allá de uno mismo, implica trascender el yo por amor a lo otro, en el valor sumo de la amistad, el cariño y el agradecimiento por los bienes recibidos. Dice en otro poema: “Gocemos, oh, amigos,/ haya abrazo aquí./ Ahora andamos sobre la tierra florida./ Nadie hará terminar aquí/ las flores y los cantos/ ellos perdurarán en la casa del Dador de vida”.
       He aquí que lo salva el anhelo del canto, ante la “región del momento fugaz”. Vivir para morir, y, para vivir cantar. Sólo se devela el misterio si se canta, como el Dador de vida cobra forma a través de la tierra y de los montes, así cobra forma y expresión a través de las “las bellas flores y los bellos cantos”. El poeta, el cantor de flores, es una expresión de la eternidad, y Ayocuan Cuetzpaltzin, valora la eternidad sólo a través de la amistad y la repartición de los bienes del Dador.
       “Que se repartan/ flores de maíz tostado, flores de cacao./ ¡Qué permanezca la tierra!” Sólo si se reparten las flores permanecerá la tierra. Aquí la exclamación, tras las anáforas cantoras, pareciera no una expresión de angustia, sino de gozo por repartir lo suyo. Es constante el símbolo de la flor, como la más pura expresión de la fertilidad y la belleza. Aquí la flor, distinta del símbolo de la fugacidad en Occidente, cobra un sentido de flor inmarcesible.
         Además, son flores de “maíz tostado” y de “cacao”, alimento básico en la nutrición de la época prehispánica, es decir, esencial para la supervivencia del ser humano. Esto dentro del poema conlleva a la repartición de la esencia de la vida, en este caso serían la flores del Dador de vida, el aliento para no morir, el anima o el alma como occidentalmente le conocemos. Así mismo, es un expresión de amorosa amistad, porque “la amistad es lluvia de flores preciosas”.
          En conclusión, este breve canto, aunado con otros de sus versos, expresa la estrecha relación del poeta -el hombre prehispánico- con la naturaleza, donde el anhelo de permanencia por algo oculta la verdad de su adiós, puesto que si fuera ese algo perenne, no habría deseo por querer su eternidad. A la vez, se trasciende, porque la tierra es él mismo, que anhela permanecer, y sólo lo logrará si repate festivimente su canto de flor esencial.

viernes, 9 de diciembre de 2011

VIVIR...¿ES MENTIR?

Hasta ahora mi vida ha transcurrido de mentira en mentira. La vida difícilmente nos permite afrontar cara a cara la verdad. Vivir, como dijo el sofista, es mentir. Se vive en el engaño de sí mismo y de los demás. En tanto vivimos usamos toda clase de antifaces y máscaras. El arte del disimulo es parte de nuestro diario quehacer. Lo que realmente pensamos y sentimos rara vez lo ponemos al descubierto.
Vamos y venimos por la vida aparentando ser el que no somos y quisiéramos que los otros creyeran que somos. E incluso nosotros mismos, ya que nos encanta engañarnos.
Todo esto queda al descubierto cuando la muerte nos alcanza y nos desenmascara. La muerte, sin contemplaciones, nos deja al desnudo ante nuestra ineludible verdad. Esa verdad donde no cabe la más mínima mentira y no es posible compartir con nadie, pues si bien la mentira es gregaria y en ella cabemos todos, en la verdad, que es la muerte, únicamente cabe nuestra individualidad desnuda ante el juicio de Dios.
JUAN CERVERA SANCHIS
Noviembre 2011. México D. F.

sábado, 2 de julio de 2011

MARGARITA MICHELENA LA MUERTE EN SU POESIA

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Por Juan Cervera Sanchís

Nacida el 21 de julio de 1917 en Pachuca. Muerta el 27 de marzo de 1998 en la ciudad de México. Margarita Michelena. Poeta y periodista. Su legado, empero, fue la poesía. Nada mejor hizo en su paso por este mundo. Dentro de su poesía, la presencia de la muerte fue una constante anticipada.
En “La casa sin sueño”, de su libro “La tristeza terrestre”, 1954, dejó dicho: “Miro pasar la sombra. Ya estoy muerta./He muerto viva. Mi cadáver yace/ entre espejos de llanto y de ceniza.” Sus cenizas dispersas ya en el mar son parte del ustorio cósmico.
Margarita Michelena vivió esperando su muerte. ¿No es esto, queramos o no, lo que todos estamos esperando inevitablemente? En los poemas de “Paraíso y nostalgia”, que datan de 1945, ya escribía: “Yo vivo en este día que no cierra los ojos,/ esperando la muerte de esta amarga dulzura,/ la caída de mi alegría bárbara.”
Vivió, dicho con sus propias palabras, Margarita Michelena, así: “Yo, extranjera en mi carne/ y en mis propios sentidos,/ la visible y ausencia.” Mujer de extraordinaria inteligencia, poeta de lúcidas visiones y guerra interna con su propia vida, que siempre fue más de una vida. Escuchemos su canto: “Yo puedo ser dos vidas./ A las dos puedo amarlas./ A veces las sorprendo, con su canción,/ A una, jugando con mis cabellos./ Y a la otra matándome/ con Su fuego de estrella/ elegida para morir ardiendo.”
Mujer de fuegos subterráneos y, como dijera José Gorostiza -“oh, inteligencia, soledad en llamas!”- en combate perpetuo y sin tregua con la inevitable soledad humana, por más que nos vistamos de toda clase de compañías. Margarita Michelena murió, como todos, mucho antes de morir propiamente.
Continuemos prestando oídos a su canto, que fue la más sincera manifestación de su esencia: “Ajena ya a la vida siempre en joven presente,/ abstraída a la gracia/ de esperar el divino renacer de la muerte,/ yo, cancelada y sola sin huella de esperanza.”
La voz de Margarita Michelena jamás se alza para complacencia de las galerías. Su pureza poética es absoluta. Su canto un clamor integral de contenidos silencios y de una profundidad estremecedora. Canta siempre en duelo de vida y júbilo de muerte redentora. Confiesa: “Yo no he llegado nunca al final de la noche./ Y el mar existe./ Y yo deseo correr/ hacia mi entrega y a mi muerte.”
¿No es la vida, vayamos despacio o con prisa, una carrera hacia la muerte? Si lo es. La vida, finalmente, no nos aclara la última cuestión. En tanto vivimos no es posible rasgar el
velo del misterio. Hay que morir para ver, aunque sea ello un ver sin ver donde la luz lo ciegue todo. Hay que morir para escuchar y descifrar la palabra final o el expresivo y absoluto silencio.
Margarita Michelena, gran poeta, sin embargo, llega a decir: “Sólo he sido un impulso por huir de la muerte”, pero, ¿se puede huir de la muerte? Nadie puede huir de la muerte, no ya de la propia, sino tampoco de la ajena. Vivimos con la muerte al hombro y frente a los ojos. La vida, en realidad, no es más que el esqueleto de la muerte. Inútil querer engañarnos. Y Margarita Michelena lo sabía muy bien, digamos que perfectamente. Es por eso que en “Gris” escribe: “Hay una espesa muerte/ que divide las cosas.”
Es cierto, muy cierto, pero la muerte para Margarita, en “Laurel del Ángel”, 1948, es también “amorosa”. Recordemos: “Sí la amorosa./ La más plena hermosura./ La llama de
tiniebla/ y de frescura”. Muerte deseada y soñada: “Y yo era sólo un sueño y el deseo/ de morir.”
Vivir es en parte un secreto deseo de morir. En la poesía de Margarita Michelena nos vamos encontrando con harta frecuencia con la muerte: “Algo ya de mi muerte está aquí ahora”. Y continúa: “Ya no me pertenece/ la voz que está cantando a mis espaldas/ y mi puro planeta está llegando/ a ponerse debajo de mi planta/ porque ande mi memoria entre nieve.”
Memorias y olvidos. Vida y muerte. Canto. Únicamente el canto permanece. Margarita Michelena permanece en su canto, en su poesía, donde la muerte, a toda vida, nos habla de esta manera: “Deja que en este punto mi ceniza/ se caiga desde mí, que me desnude/ y me deje a tu orilla, consumada./ Que con brazos de amor –no los tuve-/ llegue por fin a la sortija de oro/ con que el misterio ciñe tus murallas.”
Margarita Michelena, periodista temida, fue por sobretodo poeta, una gran poeta, aún todavía no del todo descifrada y menos admirada y querida, la verdad suele ser antipática.
Voz la suya que nos seguirá hablando en sus poemas radiantes de vida y muerte hasta el fondo del ser: “Vivo a veces mi muerte. Me recuerdo./ Adivino mi rostro y sé mi nombre./ Y la puerta se abre. Y yo penetro/ en mi primera identidad y salgo/ de la casa fugaz de mi esqueleto.”
Libre ya de su esqueleto, Margarita Michelena, a toda muerte, es decir en plenitud de vida, por aquel “país más allá de la niebla”, entrevisto por ella y, hoy, ya, por ella habitado, en fulgor y clamor de poesía ajena a la cárcel de las palabras, las rimas, los preocupados acentos y otras rejas, vive su muerte en reunión y celebración de vida con lo seres que amó y se le adelantaron en el camino, como fueron Efrén Hernández, María del Refugio, Eunice Odio... La muerte, en suma, es el verdadero y real encuentro con nosotros mismos y con nuestra sagrada tribu espiritual.

sábado, 7 de mayo de 2011

OTTO-RAÚL GONZÁLEZ, MANANTIAL QUE NO CESA


Por Juan Cervera Sanchís
Otto-Raúl González, hombre y poeta de dos siglos, su cosecha poética se inicia en el siglo XX, con Voz y voto del geranio (1943), no ha cesado de sorprendernos y seducirnos, libro tras libro, por la calidad, la originalidad y la belleza incuestionable de su poesía.
 Nada más iniciarse el siglo XXI, Otto-Raúl nos deleita y emociona con La vuelta al mundo en 80 poemas (2006) Instituto Mexiquense de Cultura.
La luz y la sal de su inspiración, donde en todo momento está presente el más profundo y substancial humanismo, es un envidiable manantial que no cesa.
En este su más reciente poemario se respira, al igual que en sus anteriores entregas, ese aire de juventud y asombro que caracteriza su poesía desde Voz y voto del geranio.
Esto no deja de ser maravilloso si entramos en los cálculos cronológicos y retrocedemos en el tiempo hasta el 1º de enero de 1921 y asistimos a su nacimiento en la ciudad de Guatemala.
Sinceramente nos cuesta creer que Otto-Raúl ya cumplió los 86 años de vida en este planeta [este ensayo fue escrito en ese entonces] y, no obstante, sigue viviendo y escribiendo con un ímpetu juvenil que muchos jóvenes, y no tan jóvenes, hoy por hoy, quisieran para sí. En verdad es admirable su capacidad creadora.
Si a sus 23 años de edad nos enamoraba cantando a todo color a los geranios de su natal Guatemala, precioso libro que nunca nos cansaremos de releer, y que descubrimos, antes de conocer físicamente a Otto-Raúl, si la memoria no nos falla, en una edición especial del suplemento cultural “El Gallo Ilustrado” del diario “El Día”, ahora, a sus radiantes 86 años, una vez más, Otto-Raúl, desde la juventud indeleble de su estro inagotable, retorna a ejercer sobre nosotros, con la magia y el poderío de su verbo singular, su peculiar seducción, en un libro radiante de vivas experiencias y rebosante de poesía, como es La vuelta al mundo en 80 poemas, que nos remite a aquella vuelta al mundo en 80 días del genial Julio Verne, quien también nos llevara de la Tierra a la Luna con la fuerza de su impetuosa y profética imaginación.
Otto-Raúl, con la fuerza y el ímpetu de su inspiración, partiendo de Tenochtitlan, y a través de “un ópalo de volcán dormido” y “con ramos de amapolas, de dalias y gladiolas” mexicanísima, da una poética y entrañable vuelta al mundo, yendo de Jerez, de Zacatecas, a San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, y así a la Antigua Guatemala, a Xelajú y Belice, a Santa Tecla, allá en El Salvador, para pasar por Panamá, Ecuador, respirar el aire de Quito, sumergirse en Cuba, que “es como decir tambores/ que habrán de redoblar mañana”; detenerse en Jamaica, contemplar el mar y escuchar “la música africana/ cargada de tristeza y de viejas nostalgias” y, luego, en Kingston, sentir la amargura de los “jóvenes negros y mulatos y la anciana miseria”.
Dar la vuelta al mundo en 80 poemas es también saber del dolor y, asimismo, al conocer Las Vegas, descubrir que ahí “vale más un caballo/ que un crepúsculo/ y un fajo de billetes/ más que una sonrisa”.
El poeta pues viaja y va registrando, poema tras poema, la realidad del mundo, de nuestro mundo contradictorio y cruel y, al mismo tiempo, hermoso y apacible, como percibe en la verde Irlanda, aunque, en Lídice, recuerda las ruinas de Itálica, cantadas por Rodrigo Caro: “Campos de soledad, mustio collado”, ya que Otto-Raúl estuvo ahí “después que el nazi/ arrasó los hogares de la aldea”.
Por fortuna, tras lo infernal de Lídice, el poeta nos permite navegar por las aguas del Don y del Volga, sus exclusas y sus diques, y ver y escuchar a los pájaros, que nos regalan “una cascada de trinos” a la vez que somos acariciados por la brisa y el lenguaje y el aroma de las flores.
El viaje prosigue y nos conduce hasta Moscú, “capital de la paz, ciudad del hombre” y después nos traslada hasta Siberia, donde Otto-Raúl, nos descubre sus innumerables ríos y destruye aquella idea preconcebida de que “aquello era solo cementerio de palas/ laberinto de hielo o tinieblas de vidrio”.
De Siberia viaja a Pekín, cuyo rostro “es nuevo y milenario”. Ahí nos lleva de la mano por su viejo mercado, ”que hervía de colores y de idiomas/ de letras íes y anagramas”.
Continuamos la circunnavegación poética bajo la guía del experto timonel, que es Otto-Raúl González, por Vietnam, entre negras memorias; visitamos Shangai y sus bulliciosas calles en la noche y nos extasiamos con al atardecer en el río Hoang Ho, que huele a mandarinas.
Poesía y más poesía en esta vuelta al mundo en 80 poemas de Otto-Raúl González por ciudades, aldeas, ríos y mares, donde el poeta recuerda bajo “la noche intensa de África”, y su herida abierta, a Lumumba, el más vivo de su muertos, y, en Europa, en Suecia, concretamente, Otto-Raúl no olvida a Anna Lindh, que “era una estrella de primera magnitud en el nórdico cielo”.
Poesía vivida e intensamente sentida la de Otto-Raúl González, que en esta vuelta al mundo en 80 poemas no deja de cantar a París, a Florencia, a Brujas y a regiones tan particulares como Andalucía, en España, con Juan Ramón Jiménez, el gran Antonio Machado y Federico García Lorca, al fondo.
Un libro éste pues para la relectura o, si usted quiere, para el reiterado paladeo, como los buenos vinos, de este poeta creador de colores nuevos y que tras la publicación de este libro comenzó un nuevo peregrinar por las galaxias de la vida en constante renacer, pues si existe alguna realidad, en la Creación, es la inexistencia de eso que en nuestra ceguera llamamos muerte.

sábado, 30 de abril de 2011

Juan Cervera Sanchís y los niños

Ahora comparto un excelente ensayo sobre nuestro querido poeta Juan Cervera Sanachís. El análisis lo lleva a cabo Joaquín Gutierrez Niño, reportista en brega e impulsor de una subcultura de tesmonio, la mayor de las veces, crítico, otras poética y otras chábacano, a través de su blog: SIGNOS. Ahí les va dicho:


Desde que lo conozco, hace casi cuatro décadas, el poeta andaluz Juan Cervera Sanchís ha denotado, de una y mil maneras, un interés permanente por los niños.

Sus propios sobrinos y ahijados, los hijos de los amigos y ahora nuestros nietos (o sobrinos nietos, como en su caso) ocupan en forma reiterada gran parte de las conversaciones…
Hace poco, ante el caótico devenir mundial, hablaba -mitad en broma, mitad en serio, como suele hacerlo- que si estuviera en sus manos acabaría con nuestra especie, tan imperfecta y depredadora, aunque de inmediato rectificó: “sólo me detendría por los niños”.
Y es que Cervera, quien desde sus años mozos escribiera que nadie debería morir sin haber traído al mundo un hijo, conserva una fe inquebrantable en la renovación del ser humano.
Así, su obra no solamente no puede ser ajena a ese interés por la infancia y la niñez, sino que en forma recurrente -aunque, claro, bajo diversas formas y giros poéticos- vuelve siempre a los niños.

Si ustedes me permiten
creeré nuevamente, como cuando era niño,
en la luz y el amor del arcoiris
y en todos los colores que embellecen la vida.

Esa creencia se torna evocación y fuerza vital. Pasajes y elementos de su dura pero finalmente maravillosa niñez se trastocan en imágenes que dan vitalidad a sus versos.
El Cervera niño, principalmente por la pureza de sus principios, expresados a veces en berrinche personal, pero esencialmente en el núcleo de su pensamiento y acción, prevalece en su poesía y en su vida cotidiana:

Quien viene conmigo sabe
que en las cosas más sencillas,
como es la risa de un niño,
es donde el misterio anida.

De esa manera, con mirada niña, Cervera Sanchís se asoma a lo más elevado del ser humano, o al menos lo más rescatable, y lo hace imagen perdurable.

Qué importa esta tristeza,
esta tristeza mía,
si diariamente el aire silba sonriente
y brotan niños nuevos de los vientres maternos,
cantando
la canción de la vida bajo el sol,
como un campo de trigo que brotase
reverdeciendo el ansia de la tierra.

Con el candor requerido, Juan recuerda y recrea nubes, ríos, ruiseñores y árboles de la infancia; rostros y vestigios de ternura; juegos y cantos que se abrieron paso entre la tristeza y el dolor de la postguerra en España.
Y entona su propio canto para los niños. Primero, “Corre que te alcanza el corro” y, ahora, su “Cancionero infantil”.

Cara al amor, al hombre
y al misterio
camino hacia el futuro,
y por encima
de mi muerte,
me entrego
a la esperanza
como si mi niñez
no hubiera sido
pisoteada ya,
como si aún,
su fragancia vagara
por mi pecho
insinuante
y dulce,
como un soplo
de brisa
a la caída de la tarde,
bajo la media luna
y las estrellas
que cada noche ponen al alcance
de mi alma sedienta
el mar de Dios.

Cervera y los niños son una sola cosa, un alma en afinidad. El los quiere y se sabe correspondido. Por eso escribe al futuro, a la muchacha (niña aún y quizá todavía no nacida) que se enternecerá -por eso y de suyo- con su canto inmortal.

JOAQUIN GUTIERREZ NIÑO

martes, 12 de abril de 2011

ROSAS MORENO, POETA Y EDUCADOR


Por Juan Cervera Sanchís

Hay quienes únicamente recuerdan a José Rosas Moreno por el nombre de una calle. De su poesía, hoy, pocos se acuerdan. Tampoco de sus fábulas para niños. No obstante ahí están en las páginas amarillentas de algunos viejos libros esperando volver a ser leídas.
Rosas Moreno vino al mundo en Lagos, Jalisco, el 19 de agosto de 1838. Hijo de don Ignacio Rosas y doña Clara Moreno. Ella era pariente del insurgente Pedro Moreno. José estudió en León, Guanajuato. Luego en la ciudad de México donde hizo
la carrera de Leyes.
Siendo muy joven comenzó a militar en el Partido Liberal. Al terminar su carrera profesional en la capital de la República retornó a la ciudad de León, que él sentía realmente suya. Ahí hizo carrera política. Fue diputado a la Legislatura de
Guanajuato y posteriormente al Congreso de la Unión. Sería también regidor del ayuntamiento de aquella ciudad.
Su pasión más profunda se inclinaba hacia las letras. Ejerció el periodismo político y literario. Colaboró con asiduidad en los periódicos liberales.
Preocupado profundamente por la cultura y la educación de las nuevas generaciones cultivó con maestría la fábula. Sus fábulas para niños le dieron una enorme popularidad en todo el país.
Nos legó varios libros de fábulas y es una pena que los niños de hoy no los hayan leído. Durante años fueron de lectura obligatoria en todas las escuelas de México.
Rosas Moreno está, justamente, considerado como el mejor fabulista mexicano. Sus fábulas son tan ingeniosas y originales como las de Fedro, Esopo, Iriarte o Samaniego. Su lectura, hoy como ayer, nos dejan una sabia enseñanza ya que cada fábula es en sí una positiva lección.
El año de 1891, ocho años después de su fallecimiento, acaecido en 1883, José Rosas Moreno recibió un homenaje. Se le recordó como un admirable educador y un notable patriota. Tal como se acostumbraba en el lenguaje de la época, uno de los participantes al acto al referirse al homenajeado manifestó: “Era un hombre
tan modesto y espiritual cual un ramo de violetas.”
Aparte de este piropo que hoy nos suena a románica cursilería se subrayó:
“Entre los autores mexicano ninguno como Rosas Moreno, quien puso su talento y sus sentimientos al servicio absoluto de la patria.”
Así eran aquellos floridos homenajes en el México del siglo XIX.
Algo que no conviene callar, y que retrata el alma de aquella época en su concepto y en su praxis, tan diferentes a la nuestra, es que Rosas Moreno vivió y murió en la digna pobreza de las mínimas regalías que le dejaban sus libros y lo poco o casi nada que le pagaban los periódicos donde colaboraba y un pequeño sueldo que recibía como maestro, ya que toda su vida dio clases.
Rosas Moreno fue un hombre noble y generoso, aunque visto desde la óptica actual, en que el desprecio por el humanismo es cada vez más acentuado, pueda parecer, a los ávidos depredadores que hoy nos circundan por todas partes, un
ingenuo.
Él pensaba y actuaba en función a la educación misma y no hacer de esta un negocio con el que ganar dinero y más dinero. José Rosas Moreno escribió también varias obras dramáticas de excelente calidad literaria y contenido social, pero no tuvo éxito con ellas. Excepción hecha con la titulada “Sor Juana Inés de la Cruz”, que sí fue representaba y aplaudida por el público culto de la época.
Su colección de fábulas morales fue prologada por don Ignacio Manuel Altamirano.
La poesía de Rosas Moreno, donde nos habla, en perfectas rimas consonantes, de tristezas crepusculares y la vida del campo, así como del retorno a la aldea, nos sorprende de repente como versos como estos:

“Cada árbol, cada flor, guarda una historia”

Y: 
“Errante y sin amor siempre he vivido;
siempre errante en las sombras del olvido”.

Versos que nos revelan una secreta y profunda desolación y una amargura interior que lo conduce a esta rotunda conclusión:

“Ni sé, ni espero, ni ambiciono nada”.

Tras el fabulador de cuadros morales y el patriota ferviente había un hombre reflexivo y solitario, que sabía de tristezas y decepciones, lo que sin duda es harto interesante y rompe de alguna manera el cliché que tenemos de José Rosas Moreno.
Si ahondamos en su médula poética descubrimos a un ser humano, a un poeta, e incluso a un filósofo de la vida, muy distinto de aquel que sus contemporáneos dibujaron, con superficialidad, como “un hombre espiritual cual un ramo de violetas”.

viernes, 18 de febrero de 2011

HUERTA, EFRAIN, EL GRAN COCODRILO, SU HUMANIDAD, SU POESÍA


Por  Juan Cervera  Sanchís

De  sumergirse  en la  vida, de  vivirla, es decir: de ser vida misma, paso a paso y ser a ser -en sed de libertad y justicia- la poesía de Huerta, Efraín, El Gran Cocodrilo, como fuera también llamado y reconocido,  tuvo  su origen  en Silao, Guanajuato.

Su voz universal,  su canto siempre fraternal y solidario, tiene su  raíz en lo más humano que hay en el hombre. Pensamos y sentimos que Efraín es, entre los poetas  mexicanos de nuestro tiempo, el más preocupado y comprometido con los  problemas que acucian, día con día, a nuestra especie contradictoria y desconcertante.

La voz de Huerta, estremecedora y diáfana, es en todo momento hermosamente rebelde y solidariamente hermosa. Espíritu de vanguardia se alza contra las injusticias y persigue como enamorado amante la anhelada  libertad:

“Por  ella, por la Libertad, afirma, el sonido y el aroma/ recuperan la vida, /la flor su esbelta gracia y la  nube su frágil elegancia. /  Por la Libertad, todos los días, se derrumba un perfume/ y un hilo de sangre se convierte en el más ancho río de esperanza”.

 La elegancia y  la rotundidad del verbo de El Gran Cocodrilo quedan  manifiestas en su siempre  bella poesía y en la libertad de la palabra –su palabra- vive este Efraín, tan nuestro, y a la vez de todos aquellos –sin importar  fronteras ni geografías- que nunca han dejado de creer en el hombre como un ser no alienado, y que están convencidos, pese a todos los signos contrarios, que, como el poeta  nos dice:

 “Todo  el día, todos los  días  un hombre  inicia/ un  paso hacia la Libertad.”

 La  libertad con mayúscula, como Efraín en todo instante lo testimonia  y  afirma. Cantor de la Libertad,  cantor del Hombre, no está dispuesto  a someterse a  ninguna forma de esclavitud. Con  Huerta  uno cree  en la  vida  y en el destino de la  vida nunca  jamás como sometimiento. La  vida como un acto generoso  de amor.

El término  libertad aparece con harta  frecuencia en sus poemas. Ese  vocablo, empero, se escribe una y otra vez con sangre. Jamás es una  palabra juego, ya que es, sin dudarlo, una declaración gestada  y nacida  en la  esencialidad  del alma y la carne del poeta:

 “Son  las  voces, los  brazos y los pies decisivos, / y los rostros perfectos,  y los ojos de  fuego, y la táctica en vilo de quienes  hoy  te odian,/ para amarte  mañana cuando el alba  sea  alba/ y no  un chorro de insultos, y no ríos de fatigas,/ y  no una puerta  falsa para  huir de rodillas.”

 Rotundo, sí, rotundo es el amor en la  poesía de Efraín Huerta. Nada  de almíbares. Pero eso, ay, eso sí: el amor  siempre está ahí,  aunque de repente  pueda llamarse  odio, porque si Huerta llega  a odiar  algo es en todo  momento por amor. Son pues las paradojas  del corazón humano. Así en su “Declaración de guerra”, que dedica “A la  memoria de Ricardo Flores Magón, muerto  en la cárcel por oponerse a una  guerra  con la Humanidad”.

La dedicatoria en sí  es un poema  y un retrato  del Gran Cocodrilo. Escuchemos:

“¡Heroicos  tripulantes del Potrero del Llano,/ astillas de mi patria,/  hojas  del gigantesco  árbol de mi país;/  del Faja de Oro  audaces, valientes  camaradas,/  oíd este rumor, este millón de gritos, / esta viril  protesta  envuelta en llamaradas!”

 Efraín Huerta  es  nuestro mayor poeta  epilírico. En su voz de incendio  se  matrimonian  virilmente  lo épico y  lo lírico. Es, creemos,  de los poetas  que, el tiempo, al pasar,  irá rejuveneciendo. Tiene el don de la contemporaneidad,  que es en mucho  el de ser joven ayer como hoy.  Puede ser erótico, político, lírico, dulce y agrio. Pero siempre es Huerta. Lo es en Kubán  o en la Avenida Juárez. Su recia  personalidad  es de hecho y en el hecho  inconfundible:

“El mar de espigas era un mar de  manos/ que pedían más aire ansiosamente,/ como unas manos  muertas o  más  vivas que  muertas,/ pero terriblemente  mar de espigas./  El mar de espigas  del Kubán.”

 Comparte  así  la  belleza con los cosacos del  Kubán. Comparte y comparte Efraín, ya que lo suyo ha sido y  es compartir.  En “El Tajín” canta:

 “Entonces ellos –son mi  hijo  y amigo- /  ascienden  la  colina/ como en busca del trueno y del relámpago. / Yo descanso a la orilla  del abismo, /  al  pie  de un mar de  vértigos, ahogado/ en un inmenso río de helechos  doloridos./ Puedo cortar el pensamiento con una espiga,/ la  voz con un sollozo,  o una lágrima...”

 En todas  partes, este Efraín,  tan vivo y tan próximo a todos nosotros, en su poesía, está de par  en   par abierto y entregado y dándose  a  manos llenas.  No sabe, diría yo, hacer  otra cosa. El ser  humano es  su Norte  y su Sur, su Este y su Oeste:

“En  el nombre del Hombre, que es la oración más bella...”

Sí, no hay  oración  más bella que la que protagoniza y  proclama nuestra  humanidad  en mitad de sus  constantes contradicciones. La  poesía de Huerta, de este Efraín en vilo de  horizontes  y auroras, tiene  mucho de resurrección constante y descansa en el amor. Ahí  está su  secreto a  voces. Un secreto que crece en luz de amante encanto:

 “Crece la  hierba, el río, y el ala de la garza/  en la  mano de Dios que se despide”.

  Poeta  elegante, cuando quiere serlo, como pocos, y fustigador encolerizado a veces:

  “¡Bandoleros de siempre, arrasadores/ de  América!/ ¡Pisoteadores de países,/ sangrientos  y sanguinario siempre!”

 La  verdad  desnuda y frontal es la regidora  de esta  honda y alta poesía de  Huerta,  Efraín,  El Gran Cocodrilo, que hiciera su aparición  en este  mundo  el año de 1914 en Silao, Guanajuato, y  lo abandonó en la  ciudad de México  en  1982  donde cantó de esta  manera:

 “... la  Libertad  tiene  la heroica  altura del sueño más
hermoso/ y la  sabia  profundidad de la  más  bella música...”

miércoles, 9 de febrero de 2011

¡Ay dizque poetas, cómo abundan!

Hay poemas que no esperan a la razón, que nacen un instante cualquiera, de acuerdo, hay una intuición poética, un feeling propio de cada autor, casi palabra mística, pero sino se encausa, sirve para nada, es palabreria pura, que tal vez, entienda sólo el autor. La poesía no es una cueva oscura y narcisista, sino puente o puerto en donde el alicaído puede detenerse a respirar, libre y afectuoso, sensitivo. 

 

La libertad del poeta no se limita con la medida, con las reflexiones a conciencia, con el estudio, con la serenidad, sino se ensancha. La muestra clara son los grandes poetas de la historia, que pensaban lo que sentían y así lograban sus mejores poemas.  Recuerdo unas palabras de Juan Ramón Jimenez, cuando le preguntaron si escribía con dolor, contestó que ese dolor del que le hablaban era, más bien, un dolor de no poder trabajar, pues aunque fuera triste lo que escribierá, lo hacía lleno de gozo por estar en lo que siempre fue suyo: trabajar, sereno y casi sin reposo, para la poesía.


Por ello viene a cuento esta reflexión sobre la poesía del buen amigo Chobojos, que no cesa de elucubrar sobre lo que le acontece....

 

Por Alonso Marroquín Ibarra, Chobojos



Si no me dice nada, si no se entiende,
no sirve, y mucho menos es poesía.
Alejo Morales Parra
Hoy, más que nunca, sobran los que se dicen escritores y, más grave aún, poetas. Me refiero indistintamente a hombres y mujeres.
La mayoría de ellos es incapaz de escribir una cláusula libre de errores de sintaxis o, en casi todos los casos, de ortografía, pensando, muy positivamente, que se entiende lo que han escrito. Los argumentos para tapar su ignorancia son en muchos casos de risa:
"yo no me limito, ni me apego a reglas que son obsoletas";
"escribo con errores a propósito, para que el que me lea reaccione y se dé cuenta de la intención, del contenido que le estoy enviando a su cerebro";
"yo no me fijo en eso; todo está superado; somos los ladrillos para una nueva construcción del idioma";
"es que la k y la q, suenan igual, la c, la ese y la zeta, también… los acentos, con ellos o sin ellos… pues todos saben a qué se refiere uno en su obra, de qué esta uno hablando";
En el fondo (y en lo superficial también), estos mal llamados escritores y poetas (las mujeres ya no utilizan la palabra poetisa, se llaman a sí mismas poetas, tal vez porque piensen que la palabra de suyo es "femenina") son pésimos, aberrantes, ignorantes, profundos desconocedores del idioma y, con sobrada evidencia, se refugian en la construcción ininteligible de frases, metáforas y símiles que no dicen absolutamente nada.
Si hablamos de la rima y la medida, para ellos "eso está pasado de moda", "no tiene gracia, es antiguo"; "lo mejor son los "versos libres"; pero –¡oh, sorpresa!- son incapaces de definir, siquiera, lo que es un verso. En sus trabajos un verso es una línea de palabras que no ocupa el renglón completo y nada más. Ignoran el ritmo, la música,  el canto que es propio de la poesía, su melodía, la cadencia, el tiempo y , para rematar, la profundidad, el tema en sí de sus trabajos, puede ser un intento de alabanza a la mierda, a la procacidad, a lo vacuo, a lo banal.
Cualquier tema es bueno para los dizque poetas -que ¡cómo abundan!- y los títulos son también reflejo de lo mismo.
La cloaca
Me fundo con asco
y quiero más de tus interiores
al meterme entre tus piernas.
Albañal de ilusiones podridas y perdidas.
Ave de rapiña de vuelo al ras y posible metempsicosis.
Eusebio Estévez L.
Alacranes vuelan del vómito
Necesitaba la ofrenda del invierno
y me topo con alucinaciones estridentes
que hacen que me brinquen las tripas.
Una necesidad galopante, de fuego,
como crines de caballo desbocado
que se estrella en las piedras de tu conciencia
y en los minúsculos caminos
hacen que los alacranes de tu amor perdido
me puncen sin remedio.
Eligio Bernal Samudio
Necesidad
Un desdoblamiento tocó ideas                                      
                                        mutiladas:
me la paso haciendo crucigramas,
    
                                            poesía.
Patricia Lezama Rosas
Lo verdaderamente inverosímil es que instituciones que se suponen serías, universidades incluídas, patrocinen la publicación de esta llamada "poesía" con el argumento y objetivo de atraer a los lectores y "desarrollarles" el gusto por esta especialidad de la literatura. El resultado es obvio: todos se alejan de "eso" que ni siquiera se entiende.
No todos los dizque poetas tienen la suerte de tener algún padrino que les publique sus trabajos y es entonces que recurren a sus propios recursos para hacer su edición. Muchos tienen la habilidad de congregar a los amigos (y a tantos incautos que hay por allí) para la presentación de "su libro" (individual  o colectivo) y los aplausos, las loas, los bocadillos y el café o el vino, le inflan el ego y… ¡Carámbanos!: se animan a seguir produciendo más bodrios. Y ¡vaya! si son prolíficos. Hacen más "poemas" que panes salen del horno de una panadería industrializada.
La auténtica poesía es conocimiento, trabajo, perseverancia, sensibilidad… es la máxima, no la mínima, expresión de la literatura. La poesía no es producto de la chiripada ni de la ocurrencia y está presente hasta en una sencilla copla popular.
No es extraño que las olas
traigan perlas a millares
si a las orillas del mar
te vi llorar la otra tarde.
Copla de La llorona