lunes, 4 de julio de 2011

Cuando ayer es mañana


Cuando ayer es mañana y mañana es ayer
y nunca es siempre;
cuando los eucaliptos se creían encinas
y los cuervos palomas; cuando yo no era yo
y tú ya no eras tú supe que no sabía
y los verdes más verdes eran raros violetas.
Tiempo aquel ya destiempo de confusión y asombro
donde nadie alcanzaba a descifrar quien era.
Las hembras aspiraban a ser machos
y los machos soñaban con ser hembras.
Las ratas y los sapos desfilaban,
tuertos los sapos y las ratas cojas,
tatuados de absurdo y vestidos de frívolos
y locos colorines, pregonando su orgullo.
Orgullo, orgullo, orgullo,
¿qué es eso del orgullo pregonado?
¡Ah la vieja comedia irracional!
La estupidez parece que no tiene remedio
en este pobre mundo cada vez más estúpido.

Cuando ayer es mañana y mañana es ayer
y nunca es siempre;
cuando las rosas blancas se negaban a ser geranios rojos
y el sol cada mañana volvía a iluminar el horizonte
y se escuchaban las revoltosas risas de los niños
y la vida seguía y seguía su rumbo
creyendo a toda vida en ella misma;
uno, no con orgullo ciego, no con torpe soberbia,
sí con sencillo amor, seguía sin más cantando
y, humilde y bellamente, creyendo por igual
en la mujer y el hombre y en Dios y en la poesía.

JUAN CERVERA SANCHIS
México D. F., 4 Julio 2011

sábado, 2 de julio de 2011

MARGARITA MICHELENA LA MUERTE EN SU POESIA

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Por Juan Cervera Sanchís

Nacida el 21 de julio de 1917 en Pachuca. Muerta el 27 de marzo de 1998 en la ciudad de México. Margarita Michelena. Poeta y periodista. Su legado, empero, fue la poesía. Nada mejor hizo en su paso por este mundo. Dentro de su poesía, la presencia de la muerte fue una constante anticipada.
En “La casa sin sueño”, de su libro “La tristeza terrestre”, 1954, dejó dicho: “Miro pasar la sombra. Ya estoy muerta./He muerto viva. Mi cadáver yace/ entre espejos de llanto y de ceniza.” Sus cenizas dispersas ya en el mar son parte del ustorio cósmico.
Margarita Michelena vivió esperando su muerte. ¿No es esto, queramos o no, lo que todos estamos esperando inevitablemente? En los poemas de “Paraíso y nostalgia”, que datan de 1945, ya escribía: “Yo vivo en este día que no cierra los ojos,/ esperando la muerte de esta amarga dulzura,/ la caída de mi alegría bárbara.”
Vivió, dicho con sus propias palabras, Margarita Michelena, así: “Yo, extranjera en mi carne/ y en mis propios sentidos,/ la visible y ausencia.” Mujer de extraordinaria inteligencia, poeta de lúcidas visiones y guerra interna con su propia vida, que siempre fue más de una vida. Escuchemos su canto: “Yo puedo ser dos vidas./ A las dos puedo amarlas./ A veces las sorprendo, con su canción,/ A una, jugando con mis cabellos./ Y a la otra matándome/ con Su fuego de estrella/ elegida para morir ardiendo.”
Mujer de fuegos subterráneos y, como dijera José Gorostiza -“oh, inteligencia, soledad en llamas!”- en combate perpetuo y sin tregua con la inevitable soledad humana, por más que nos vistamos de toda clase de compañías. Margarita Michelena murió, como todos, mucho antes de morir propiamente.
Continuemos prestando oídos a su canto, que fue la más sincera manifestación de su esencia: “Ajena ya a la vida siempre en joven presente,/ abstraída a la gracia/ de esperar el divino renacer de la muerte,/ yo, cancelada y sola sin huella de esperanza.”
La voz de Margarita Michelena jamás se alza para complacencia de las galerías. Su pureza poética es absoluta. Su canto un clamor integral de contenidos silencios y de una profundidad estremecedora. Canta siempre en duelo de vida y júbilo de muerte redentora. Confiesa: “Yo no he llegado nunca al final de la noche./ Y el mar existe./ Y yo deseo correr/ hacia mi entrega y a mi muerte.”
¿No es la vida, vayamos despacio o con prisa, una carrera hacia la muerte? Si lo es. La vida, finalmente, no nos aclara la última cuestión. En tanto vivimos no es posible rasgar el
velo del misterio. Hay que morir para ver, aunque sea ello un ver sin ver donde la luz lo ciegue todo. Hay que morir para escuchar y descifrar la palabra final o el expresivo y absoluto silencio.
Margarita Michelena, gran poeta, sin embargo, llega a decir: “Sólo he sido un impulso por huir de la muerte”, pero, ¿se puede huir de la muerte? Nadie puede huir de la muerte, no ya de la propia, sino tampoco de la ajena. Vivimos con la muerte al hombro y frente a los ojos. La vida, en realidad, no es más que el esqueleto de la muerte. Inútil querer engañarnos. Y Margarita Michelena lo sabía muy bien, digamos que perfectamente. Es por eso que en “Gris” escribe: “Hay una espesa muerte/ que divide las cosas.”
Es cierto, muy cierto, pero la muerte para Margarita, en “Laurel del Ángel”, 1948, es también “amorosa”. Recordemos: “Sí la amorosa./ La más plena hermosura./ La llama de
tiniebla/ y de frescura”. Muerte deseada y soñada: “Y yo era sólo un sueño y el deseo/ de morir.”
Vivir es en parte un secreto deseo de morir. En la poesía de Margarita Michelena nos vamos encontrando con harta frecuencia con la muerte: “Algo ya de mi muerte está aquí ahora”. Y continúa: “Ya no me pertenece/ la voz que está cantando a mis espaldas/ y mi puro planeta está llegando/ a ponerse debajo de mi planta/ porque ande mi memoria entre nieve.”
Memorias y olvidos. Vida y muerte. Canto. Únicamente el canto permanece. Margarita Michelena permanece en su canto, en su poesía, donde la muerte, a toda vida, nos habla de esta manera: “Deja que en este punto mi ceniza/ se caiga desde mí, que me desnude/ y me deje a tu orilla, consumada./ Que con brazos de amor –no los tuve-/ llegue por fin a la sortija de oro/ con que el misterio ciñe tus murallas.”
Margarita Michelena, periodista temida, fue por sobretodo poeta, una gran poeta, aún todavía no del todo descifrada y menos admirada y querida, la verdad suele ser antipática.
Voz la suya que nos seguirá hablando en sus poemas radiantes de vida y muerte hasta el fondo del ser: “Vivo a veces mi muerte. Me recuerdo./ Adivino mi rostro y sé mi nombre./ Y la puerta se abre. Y yo penetro/ en mi primera identidad y salgo/ de la casa fugaz de mi esqueleto.”
Libre ya de su esqueleto, Margarita Michelena, a toda muerte, es decir en plenitud de vida, por aquel “país más allá de la niebla”, entrevisto por ella y, hoy, ya, por ella habitado, en fulgor y clamor de poesía ajena a la cárcel de las palabras, las rimas, los preocupados acentos y otras rejas, vive su muerte en reunión y celebración de vida con lo seres que amó y se le adelantaron en el camino, como fueron Efrén Hernández, María del Refugio, Eunice Odio... La muerte, en suma, es el verdadero y real encuentro con nosotros mismos y con nuestra sagrada tribu espiritual.

viernes, 1 de julio de 2011

Córdoba

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Para Juan Rejano, andaluz de alma grande

Córdoba de la cal estremecida
en sus muros mordidos de heredades,
cabe el rey de las claras claridades
y entre cantos de almuédanos dormida.

Córdoba blancamente recogida
en el blancor azul de sus edades,
muerta y viva en un sol de eternidades
de restallante luz enfebrecida.

Córdoba candeal y aceitunera
que cultiva, entre alegres atanores,
el naranjo, la vid y la palmera.

Blanca Córdoba blanca entre rumores
de su alma popular y piconera
y sus regios y antiguos esplendores.

Córdoba –miel y cera-:
mística y sensual sabiduría
del más hondo saber de Andalucía.

JUAN CERVERA SANCHIS
México D. F.

José Vidal, Sueño y sepulcro

sábado, 25 de junio de 2011

El poeta

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El ahuehuete  
ha estado en silencio
infinito. Siempre

igual que la voz del poeta.


martes, 14 de junio de 2011

Amor inmarcesible


Para ti, Caracola, de tierra morena

Niégame este amor para quererte,
cual quiere el jardinero a la inasible
flor del aroma, flor inmarcesible,
que sin tocarse deja lo que vierte.

Y aun yo te acariciara, de tal suerte,
enraizásemos, cuerpo a cuerpo, oíble
el corazón, detente imposible,
a la luz del amor, lejana y fuerte.

Porque de tanto ser, el viejo pena, 
y de tanto sí mismo, tantas veces
muere, cual si ser, fuera una condena.

Niégame entonces, Vida, niña plena,
mi amor, a manos llenas, lo empobreces,
guárdate en tu encanto de mujer buena.

Abraham Peralta Vélez, reavivando su amor. 12 de junio, 2011

sábado, 11 de junio de 2011

Jaramagos


Los tejados de  mi pueblo,
cuando era niño yo,
se vestían
de jaramagos en flor
y yo, niño, me creía
que se alfombraban de sol.
Los tejados de  mi pueblo,
fascinante ensoñación,
se vestían de jaramagos,
y era  mi pueblo un amor
bajo el hondo azul del cielo
de Andalucía oliendo a Dios.

    JUAN CERVERA  SANCHIS
    México  D. F.,  13 Junio 2011