jueves, 17 de febrero de 2011

Soledad. Literatura emergente


Esta poesía nace de un jovén, Joseph Ramirez, que entre el agetreo de la vida diaria -el trabajo, el hijo, la esposa- hace una espacio para escribir en soledad y a la soledad.

La cabrona soledad tocó mi puerta esta llorona mañana,
una, dos, tres de la madrugada, los ojos que no se apagan 
y esas rameras musas andan en mano de sabe cuánto forastero.

No puedo dormir. Me escupe en la cara,
me monta como una perra celosa y carcome mis entrañas.

ANDALUZ


Hablo de este  andaluz que llevo dentro,
de su tristeza inmensa, como el mar,
de su mirada  honda, como un pozo,
de su piel milenaria y trasudada.
Hablo de este  andaluz, tan andaluz
como el cante  y el  vino y la  guitarra;
como las  fatiguitas  de  la muerte
y el renacer perpetuo del deseo.
Hablo de este  andaluz que huye y  huye
en su  jaca  cegada  de pasiones
por  los  largos  caminos de la ausencia
con su  viva  casaca  de alamares.
Andaluz  de crepúsculos  y auroras;
de  medias  tardes  rojas y horas lentas.
Andaluz sin su reino, como  todos
los andaluces,  solo  y destronado.
Andaluz para  el llanto y para el beso.
Arca  de mil memorias, donde el polvo
se rebela  gritándole  al olvido.
Viejo  carro parado  en puerta  falsa
de casa  abandonada. Vagabundo
gimiendo  bajo el  puente de la  vida,
muerto de soledad y acariciando
leves y fugitivos  paraísos.
Andaluz, andaluz siempre  sediento
de amor y de alegría, aunque fingiendo
ante el mundo ser  dueño  de ambas  glorias.
Andaluz  por  millones  de  muertos y de vivos.
Hablo de este andaluz, de  esta locura
que lleva  en la ilusión de sus zapatos
barro de los  planetas  más remotos
y galaxias  encinta  en su sombrero.

       JUAN  CERVERA  SANCHIS
      México D. F.,  14  febrero  2011

sábado, 12 de febrero de 2011

Jose Luis Borges y Astor Piazzolla. El Tango

Hoy andamos ríoplatenses, tangueros, nostálgicos. José Luis Borges y Astor Piazzolla, dos autores que no necesitan presentación alguna, sino reflexión y deleite.

El tango

¿Dónde estarán? pregunta la elegía
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer, pudiera
ser el Hoy, el Aún, y el Todavía.

¿Dónde estarán? (repito) el malevaje
que fundó en polvorientos callejones
de tierra o en perdidas poblaciones
la secta del cuchillo y del coraje?

¿Dónde estarán aquellos que pasaron,
dejando a la epopeya un episodio,
una fábula al tiempo, y que sin odio,
lucro o pasión de amor se acuchillaron?

Los busco en su leyenda, en la postrera
brasa que, a modo de una vaga rosa,
guarda algo de esa chusma valerosa
de Los Corrales y de Balvanera.

¿Qué oscuros callejones o qué yermo
del otro mundo habitará la dura
sombra de aquel que era una sombra oscura,
Muraña, ese cuchillo de Palermo?

¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos
se apiaden) que en un puente de la vía,
mató a su hermano, el Ñato, que debía
más muertes que él, y así igualo los tantos?

Una mitología de puñales
lentamente se anula en el olvido;
Una canción de gesta se ha perdido
entre sórdidas noticias policiales.

Hay otra brasa, otra candente rosa
de la ceniza que los guarda enteros;
ahí están los soberbios cuchilleros
y el peso de la daga silenciosa.

Aunque la daga hostil o esa otra daga,
el tiempo, los perdieron en el fango,
hoy, más allá del tiempo y de la aciaga
muerte, esos muertos viven en el tango.

En la música están, en el cordaje
de la terca guitarra trabajosa,
que trama en la milonga venturosa
la fiesta y la inocencia del coraje.

Gira en el hueco la amarilla rueda
de caballos y leones, y oigo el eco
de esos tangos de Arolas y de Greco
que yo he visto bailar en la vereda,

en un instante que hoy emerge aislado,
sin antes ni después, contra el olvido,
y que tiene el sabor de lo perdido,
de lo perdido y lo recuperado.

En los acordes hay antiguas cosas:
el otro patio y la entrevista parra.
(Detrás de las paredes recelosas
el Sur guarda un puñal y una guitarra.)

Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
los atareados años desafía;
hecho de polvo y tiempo, el hombre dura
menos que la liviana melodía,

que solo es tiempo. El Tango crea un turbio
pasado irreal que de algún modo es cierto,
el recuerdo imposible de haber muerto
peleando, en una esquina del suburbio.

De: El otro, el mismo

JORGE LUIS BORGES

RECORDANDO A MANUEL MAPLES ARCE


Entrevista a Manuel Maples Arce por Juan Cervera Sanchís
  
La mañana es soleada y cálida. Estamos en el sur de la ciudad de México, la  puerta de la casa de Manuel Maples Arce, el padre del estridentismo, se nos abre de par en par.

No percibimos la  más mínima estridencia, por el contrario respiramos una serenidad poética en medio de un silencio acogedor.

Las paredes de la casa de Maples Arce nos dan la sensación de ser ventanas abiertas a los más variados mundos. Paisajes, retratos, lejanías, luz y color. Estamos en un amplio y  bello patio. Vemos bajar al poeta lentamente la escalera. Una joven menudita nos ha llevado poco antes a la grata estancia. Manuel Maples Arce transpira cordialidad. En su pelo blanco  entrevemos un cúmulo recuerdos. Tras saludarlo nos invita a trasladarnos a otra estancia donde tomamos asiento e iniciamos nuestra conversación. 

El poeta está impecablemente vestido. Sus ojos grandes y redondos nos miran con esa inocencia que únicamente alienta en los corazones nobles. La  bondad de Maples Arce se percibe de inmediato. Nosotros  recordamos aquellas palabras suyas  que dicen:

“Yo  nací en Papantla, tierra de la vainilla, cerca de
las pirámides totonacas cubiertas de silencio”.

De su  nacimiento  al día de  hoy  muy pronto se cumplirán los  80  años de  vida, Maples Arce nació, pues,  el primero de mayo  de 1900.

-¿Un café?, nos pregunta.
-Claro que sí. El poeta  se levanta de su  asiento y hace sonar una campanita. Aparece una muchachita delgada y morena a la que ordena que nos traiga una taza de café, por cierto turco, humeante y olorosísimo, que de inmediato saboreamos con deleitación. El poeta  mientras tanto nos dice:

-Desde  niño yo tenía  cierta afición por  la literatura, pero no precisaba bien el sentido  de la poesía. Me dominaba la emoción, pero no conseguía transcribirla por  medio  de la palabra. Seguramente debo haber sufrido un periodo bastante largo de inadaptación, pero es curioso que cuando  entré en la pubertad mi visión  poética  se  hizo  más intensa y poco a poco centré  la poesía en torno a la mujer y el amor.
-¿Cómo fue esa experiencia?
-No creo  que sea una  experiencia  excepcional, más  bien es un fenómeno psicológico que han experimentado otros poetas. Creo que Bécquer decía: “Poesía  eres  tú”. Hay también un pasaje del artista adolescente de Joyce, que es obra autobiográfica en la cual explica esas inquietudes y tormentos por las que el adolescente pasa, para llegar a la objetividad del lenguaje de algo muy subjetivo, inquietador. Yo  pasé por esa  experiencia y sentí  que la poesía era ante  todo una experiencia personal y no una imitación de los  modelos  escritos. Evidentemente que por  medio de la lectura, en especial de los  autores que  más nos gustan, logramos movernos con más soltura en el lenguaje  literario.

Tomamos otro sorbo de café. El sol entra filtrado y dulce en la estancia en la estancia. Maples Arce nos dice:

-Durante los primeros años de mi juventud escribí como un corifeo del modernismo, lejos de las formas del romanticismo o neoclasicismo español y latinoamericano. Los poemas de Rubén Darío, Herrera y Reissig, Leopoldo Lugones,  y otros de menor renombre, pero  de sensibilidad afín, me proporcionaban una lectura  complaciente, como un regalo, a veces en sus propias obras o en florilegios o compilaciones, me iba formando cada vez más un juicio más estricto de la poesía y en general  de la literatura latinoamericana posterior al  98  español que consideraba más originales y  modernos, es decir, tenía  cierto desdén por la poesía española anterior al  98, pero me  gustaba Juan Ramón Jiménez y los  hermanos  Antonio y Manuel Machado, sobre todo Manuel,en aquella época, por sus ritmos verlenianos, aunque  después cambié de parecer y preferí  a  Antonio por la  hondura y densidad  de su poesía, por su concepto de  humanidad y de tiempo.
Antes de que yo  leyera  a Baudelaire tuve la intuición de la  calidad  del poema unida a su brevedad. Recordará usted  la teoría de Baudelaire y los aciertos de su certera intuición. En mi caso particular me cautivó la idea, acaso como reacción contra las larguísimas tiradas del hueco y vacío romanticismo de la época, pero no olvido la  fina  calidad  de Gustavo Adolfo Bécquer y la doliente sensibilidad de  Rosalía de Castro.

Volvemos al café, Manuel, con mejor sistema nervioso que yo, aún tiene su taza a medio llenar. En la mía apenas resta el posillo.

-¿Otra taza de café?,  me pregunta Maples Arce mientras mira  mi taza  vacía.

Naturalmente,  le  digo, aunque no sea, para nada natural, consumir  tanto café. El poeta  vuelve a levantarse haciendo sonar  la campana. Como salida de las mágicas paredes, la silenciosa  jovencita llena de nueva cuenta  nuestra taza. Le recuerdo a Maples  Arce una canción suya reciente y él nos comenta:

-Yo no sé cantar,  pero mi mujer sí, y ella la canta muy bonito.

Le  pido que  me  recite  la letra. Amablemente  así lo hace:

 “Por el camino de Xalapa,
de Xalapa a Coatepec,
una  tarde por el bosque
a tres  niñas me encontré.

Una se llamaba Carmen,
la  otra  de gracia, Inés.
¡Ay, qué diablo de muchacho,
de la  última  me olvidé!

Flota en la atmósfera el sabor y el temblor  de este verso popular  de Manuel Maples Arce, que  nos platica de sus  días jóvenes  en  Xalapa, del bosque desaparecido... La añoranza es una ráfaga de luz cruzando  la habitación.  Los grandes ojos del poeta brillan. Le preguntamos, de pronto:

-¿Qué ha sido la poesía para  Manuel Maples Arce?
-Mi  concepto inicial de la poesía  radica fundamentalmente en la  metáfora. Tan riguroso era este concepto que excluía todo que no estuviera contenido en la  misma imagen, por eso mi poesía  juvenil giraba en  torno de una transcripción de términos que no se pudieran objetivar, entre  más distantes más difíciles fueran los términos de comparación,  la poesía me parecía  más intensa, pero a medida que pasó el tiempo y que  mi visión de la  vida, y los  problemas que me afligían se hicieron se  hicieron  más vivos, comprendí que la poesía no radica exclusivamente en la imagen, sino en la intencionalidad que el poeta le imprime. No evolucioné bruscamente, sufrí una crisis de silencio y comencé a  escribir de una  manera distinta. En  1930 en París  escribí algunos poemas muy breves  de forma  cuidada, que deberían llevarme  más tarde a exploraciones de mi inquietud y  vida interior  nueva.
 -¿Recuerda  algunos de aquellos poemas?
 -Sí, este: “Sólo  tú de rumores advertida/ en la luz desnuda de  problemas/  la autoridad del ruiseñor desvanecida/ ¡Puerto libre la estrofa de pañuelos¡ Mas el pétalo fijo delata/ si fingido, girando hacia la ausencia/  en espiral recuerdo de su imagen/ fulgor de la definición que expira/ y eres al fin espectro de la rosa/ Mi texto de belleza en las rodillas/ delirante confín de nuestro  éxtasis”.

Aquí Maples Arce  hace una pausa y  yo paladeo un sorbo de café. Luego continúa:

-Durante mi estancia en Europa, donde viví  nueve años consecutivos,  escribí  poemas más largos que constituyen la primera parte  de mi libro Memorial  de Sangre, 1947. De estos poemas publiqué algunos en México y otros traducidos al francés  en Bélgica  y Francia. Entre los poemas publicados  figuran dos inspirados en el vocablo sangre, sigue válido, me refiero a “inspirado”,  por la guerra de España  y su dramatismo. En estos poemas de Memorial de Sangre, María González de Mendoza veía el complemento de una  vida, que comienza  en el nacimiento y termina en la muerte.

¡La muerte!, exclamamos, y le preguntamos de inmediato:

-¿Qué piensa  Maples Arce de la muerte?
-Durante algún tiempo me  preocupé por  el problema de la muerte. Me llenaba de inquietudes. Sobre todo en los trances dolorosos. Tuve  mi  primera experiencia de la muerte siendo niño. Seguramente que no tenía más de ocho años. Es decir,  en 1908. Un hermano menor, que sólo tenía cuatro años, se enfermó  repentinamente de un mal, que no se sabía exactamente que era. Las visitas del facultativo y luego la de otro médico al que se recurrió en consulta se hacían más frecuentes, causaron en la familia  la consiguiente inquietud, hasta el desenlace trágico. Quisieron  alejarme de la casa  con unos vecinos, pero yo regresé y mi angustia era  tal que me  vino una desesperación profunda de la que temí no volver a salir nunca. Sin embargo, cuando vi a mi hermano  tendido en su ataúd mi llanto se hizo  más sosegado y el tiempo, más tarde, se encargó de serenarme. Aunque nunca he podido olvidar la  figura de aquel niño  que fue compañero
de mis juegos infantiles.
Con el transcurso de los años la  muerte me tocó de lejos en parientes o amigos no tan íntimamente  vinculados, pero en 1926, cuando vivía yo en Xalapa y disfrutaba de un espíritu alegre, feliz, tuve la pena de perder bruscamente a mi padre. Fue la misma madrugada en la que llegaba a Xalapa con la familia  para radicar a mi lado. Esta circunstancia me causó una  violenta sacudida interior que casi  me aniquila y, por algún tiempo, tuve que realizar inauditos esfuerzos para  salvarme de mi angustia. Entonces la poesía y  la lectura me sirvieron de gran consuelo, la misma soledad, mis solitarios paseos por el parque de los Berros
y las lomas del estadio y mis recorridos a pie, por el entonces hermoso bosque de Pancho, me ayudaron a recuperarme. A medida que el tiempo ha ido  pasando siento cierto endurecimiento contra la muerte. Antes pensaba también sobre mi propia muerte y calculaba por ideas o prejuicios sobre la herencia, que podría vivir tantos años, más o menos, pero como mis experiencias y vaticinios no  se cumplían, dejé  de interesarme en estas  cosas  y  volví a lo que siempre ha sido mi vida:  la poesía.

-¿Cómo  nació  y por qué el estridetismo y que ha significado, según Maples Arce,  para la poesía mexicana?

Manuel está  aún conmovido por lo antes recordado en torno a sus muertos entrañables y a la muerte misma.
Aparece,  por fortuna, su esposa. Su presencia lo anima. Mira su reloj de pulsera y pide un aperitivo. Nos sirven un par de vermuts  acompañados de un platillo de jamón.

-¿Dónde  íbamos?,  nos dice. Nosotros simplemente le repetimos  la pregunta. Las horas se nos han ido sin darnos cuenta. Maples Arce  nos dice:

-Como le había referido al iniciar  nuestra plática yo era un muchacho modernista cuando llegué a Veracruz.
Salvador Rueda, por algún tiempo injustamente olvidado, pero que José Luis Cano, en su antología de poetas
andaluces contemporáneos, reivindica con buen criterio, yo tuve el gusto de recibirlo, pronunciar una salutación en su honor y pasearlo por la  ciudad, de la misma manera entré en relación con  otro poeta andaluz, Francisco Villaespesa e instalamos una peña con otros jóvenes de Veracruz  en el portal del café Diligencias. Todavía, cuando en 1920 vine a México, prevalecían en mi los gustos modernistas. De este tipo de poesía se publicaron algunas cosas en “Revista de Revistas”, que dirigía a la sazón mi paisano José de F. Núñez y Domínguez.

Creí que por la  imagen principalmente podría conseguir efectos  de emoción superiores a los que habían logrado los poetas  del modernismo. Esta verificación y comprobación  de estética me produjo algo así  como una crisis y sentí la necesidad de escribir de otra de otra manera, aunque sin saber exactamente cómo. Una constante  especulación de obras y una que otra realización de metáforas me ponían en camino de algo nuevo, cuando escribí uno de esos nuevos poemas. Quise  publicarlo en “Revista de Revistas”, que era la publicación que acogía entonces la poesía, pero mis amigos ahí estaban  muy aferrados a sus viejos conceptos y me cerraron las puertas con toda diligencia, pero yo seguro de mi poema se lo despaché a Enrique Gómez Carrillo a Madrid, donde dirigía la revista “Cosmópolis” y ahí  lo publicó con gran satisfacción mía, pues  me convertía, en mi creer y sentir de entonces, en poeta internacional.

Estas preocupaciones y  la misma publicación de poemas no implicaba  un “movimiento” literario como los que comenzaban a surgir en España y se habían ya manifestado en Suiza, Francia, Bélgica, Alemania y Rusia, pero rechazo que  había sufrido en “Revista de Revistas” me  hizo pensar en la  necesidad de la estrategia literaria, la publicidad, la divulgación,  la conquista de adeptos, de amigos que se solidarizasen con las nuevas ideas. Ya por aquel tiempo estaba  yo en relación con algunas revistas y publicaciones españolas y francesas, principalmente, y conocidas por haber visto sus obras en revistas  y  monografías, pinturas y esculturas de artistas de  vanguardia. Estaba  yo completamente solo por aquellos días y  se me ocurrió publicar un llamamiento a los  escritores, poetas, pintores y escultores de la  nueva generación, de ahí surgió la idea de un manifiesto que, a ultima hora y al hacer el encabezado del mismo en la imprenta  llamé estridentista. Luego como subtítulos venían frases de escritores extranjeros y lemas de mi cosecha. La parte medular del manifiesto exponía ideas que se me habían ocurrido al iniciar un nuevo género literario y paralelamente escultórico y pictórico. El aporte principal era el de la  nueva imagen, pero en vez de que el poema se convirtiera en una simple sucesión de imágenes sin nexo alguno entre ellas, como en el creacionismo, se  buscaba  alguna relación que diera unidad  al  poema.
   
Nuestra  conversación  con Manuel Maples Arce continuaría substantivamente  y ya para terminar sentenció:

-Yo creo en la poesía porque creo en el hombre, pero en el hombre total, inmerso en la totalidad del mundo”.

Y así salimos de la  casa del  padre del estridentismo, aquella  mañana  soleada y cálida, más enamorados
que  nunca  de la poesía y, por supuesto, amando a este poeta universal, tan de Papantla, luminosamente
veracruzano y rebosante  de  humanidad.
   
Maples Arce moriría el año de 1981 en la ciudad de México. Apenas  un año después de que mantuviera con nosotros esta  conversación.

viernes, 11 de febrero de 2011

VIDA EN FUGA


La niebla de tu oleaje baila en mi cuerpo.
Inaprensible corazón solitario. Se escapa
el crucero de tu desnudez cálida. Lloran las gaviotas.

Se evaporan delfines rosas en la mar,
como una brisa diamantina
que ingrávida se extravía en el aire. 
 
Niebla tus besos. Nuestros besos fugaces,
embarcaciones enamoradas
a la memoria de nuestras heridas continentales.

Me dolerán las guacamayas
cuando vuelen por mi ciudad abandonada
y recuerde el iris desnudo de tu oleaje.

Burbujas de peces amarillos
tintinearán en el recuerdo
del roce de tus muslos en mi olfato.

miércoles, 9 de febrero de 2011

¡Ay dizque poetas, cómo abundan!

Hay poemas que no esperan a la razón, que nacen un instante cualquiera, de acuerdo, hay una intuición poética, un feeling propio de cada autor, casi palabra mística, pero sino se encausa, sirve para nada, es palabreria pura, que tal vez, entienda sólo el autor. La poesía no es una cueva oscura y narcisista, sino puente o puerto en donde el alicaído puede detenerse a respirar, libre y afectuoso, sensitivo. 

 

La libertad del poeta no se limita con la medida, con las reflexiones a conciencia, con el estudio, con la serenidad, sino se ensancha. La muestra clara son los grandes poetas de la historia, que pensaban lo que sentían y así lograban sus mejores poemas.  Recuerdo unas palabras de Juan Ramón Jimenez, cuando le preguntaron si escribía con dolor, contestó que ese dolor del que le hablaban era, más bien, un dolor de no poder trabajar, pues aunque fuera triste lo que escribierá, lo hacía lleno de gozo por estar en lo que siempre fue suyo: trabajar, sereno y casi sin reposo, para la poesía.


Por ello viene a cuento esta reflexión sobre la poesía del buen amigo Chobojos, que no cesa de elucubrar sobre lo que le acontece....

 

Por Alonso Marroquín Ibarra, Chobojos



Si no me dice nada, si no se entiende,
no sirve, y mucho menos es poesía.
Alejo Morales Parra
Hoy, más que nunca, sobran los que se dicen escritores y, más grave aún, poetas. Me refiero indistintamente a hombres y mujeres.
La mayoría de ellos es incapaz de escribir una cláusula libre de errores de sintaxis o, en casi todos los casos, de ortografía, pensando, muy positivamente, que se entiende lo que han escrito. Los argumentos para tapar su ignorancia son en muchos casos de risa:
"yo no me limito, ni me apego a reglas que son obsoletas";
"escribo con errores a propósito, para que el que me lea reaccione y se dé cuenta de la intención, del contenido que le estoy enviando a su cerebro";
"yo no me fijo en eso; todo está superado; somos los ladrillos para una nueva construcción del idioma";
"es que la k y la q, suenan igual, la c, la ese y la zeta, también… los acentos, con ellos o sin ellos… pues todos saben a qué se refiere uno en su obra, de qué esta uno hablando";
En el fondo (y en lo superficial también), estos mal llamados escritores y poetas (las mujeres ya no utilizan la palabra poetisa, se llaman a sí mismas poetas, tal vez porque piensen que la palabra de suyo es "femenina") son pésimos, aberrantes, ignorantes, profundos desconocedores del idioma y, con sobrada evidencia, se refugian en la construcción ininteligible de frases, metáforas y símiles que no dicen absolutamente nada.
Si hablamos de la rima y la medida, para ellos "eso está pasado de moda", "no tiene gracia, es antiguo"; "lo mejor son los "versos libres"; pero –¡oh, sorpresa!- son incapaces de definir, siquiera, lo que es un verso. En sus trabajos un verso es una línea de palabras que no ocupa el renglón completo y nada más. Ignoran el ritmo, la música,  el canto que es propio de la poesía, su melodía, la cadencia, el tiempo y , para rematar, la profundidad, el tema en sí de sus trabajos, puede ser un intento de alabanza a la mierda, a la procacidad, a lo vacuo, a lo banal.
Cualquier tema es bueno para los dizque poetas -que ¡cómo abundan!- y los títulos son también reflejo de lo mismo.
La cloaca
Me fundo con asco
y quiero más de tus interiores
al meterme entre tus piernas.
Albañal de ilusiones podridas y perdidas.
Ave de rapiña de vuelo al ras y posible metempsicosis.
Eusebio Estévez L.
Alacranes vuelan del vómito
Necesitaba la ofrenda del invierno
y me topo con alucinaciones estridentes
que hacen que me brinquen las tripas.
Una necesidad galopante, de fuego,
como crines de caballo desbocado
que se estrella en las piedras de tu conciencia
y en los minúsculos caminos
hacen que los alacranes de tu amor perdido
me puncen sin remedio.
Eligio Bernal Samudio
Necesidad
Un desdoblamiento tocó ideas                                      
                                        mutiladas:
me la paso haciendo crucigramas,
    
                                            poesía.
Patricia Lezama Rosas
Lo verdaderamente inverosímil es que instituciones que se suponen serías, universidades incluídas, patrocinen la publicación de esta llamada "poesía" con el argumento y objetivo de atraer a los lectores y "desarrollarles" el gusto por esta especialidad de la literatura. El resultado es obvio: todos se alejan de "eso" que ni siquiera se entiende.
No todos los dizque poetas tienen la suerte de tener algún padrino que les publique sus trabajos y es entonces que recurren a sus propios recursos para hacer su edición. Muchos tienen la habilidad de congregar a los amigos (y a tantos incautos que hay por allí) para la presentación de "su libro" (individual  o colectivo) y los aplausos, las loas, los bocadillos y el café o el vino, le inflan el ego y… ¡Carámbanos!: se animan a seguir produciendo más bodrios. Y ¡vaya! si son prolíficos. Hacen más "poemas" que panes salen del horno de una panadería industrializada.
La auténtica poesía es conocimiento, trabajo, perseverancia, sensibilidad… es la máxima, no la mínima, expresión de la literatura. La poesía no es producto de la chiripada ni de la ocurrencia y está presente hasta en una sencilla copla popular.
No es extraño que las olas
traigan perlas a millares
si a las orillas del mar
te vi llorar la otra tarde.
Copla de La llorona

viernes, 4 de febrero de 2011

RUBEN BONIFAZ NUÑO Dueño de su palabra ceñida y luminosa


Por  Juan Cervera  Sanchís

Toda  la  poesía  de Rubén  Bonifaz  Nuño, la podríamos encerrar en ese relámpago visionario con que  termina su poema “La flama en el espejo”,  y que dice, en fin y principio, que se libera en el cero:

“Se  vuelve aérea, vibra diáfana
la losa del sepulcro; leve 
despega con las alas mansas
de la respiración; los párpados,
incendiados por alegres  lumbres,
la ceguera  aprietan, sepultada;
la rompen. El resucitado
remonta la memoria; mira
en la tercera  luz del alba”.

¿Poesía en pálpito de trascendentales esperanzas?, podríamos preguntarnos. Nosotros nos atrevemos a contestar que en la poesía de Rubén Bonifaz Nuño no hay  ningún  juego de esperanza, ni con ni para la esperanza; estamos ciertos de otra  realidad muy tangible en ella: el descubrimiento deslumbrante. A través de esta poesía nos vamos descubriendo como criaturas destinadas a sobrevolar la humedad doliente del barro  cotidiano:

“¿Soy  alguien yo?, te preguntabas
dentro de lo oscuro, en el silencio
anterior a la palabra oculta;
te  interrogabas, alma  mía.”

Como el gusano de seda, y pensamos en Santa Teresa de Ávila, el trabajo de la luz se fragua en el espeso silencio de las sombras. La semilla es antes que la espiga, pero ¿es después que la semilla la espiga? La vida  es una emoción que suele  nadar con harta frecuencia en la  mar de las paradojas. De súbito la cruza un rayo de lógica inteligencia. Es la  huella del místico, pero el místico fue y sigue siendo un  ser  humano de carne y hueso y  la lógica se transforma en antilógica. Desconfiemos de  nuestros sentidos y a la vez confiemos en ellos, porque es posible, a través de ellos, en cierto estado, ver.

La  poesía de Rubén  Bonifaz Nuño, como la de San Juan de la Cruz o la de William  Blake, es  producto de un estado superior del alma y es por ello que nos despeja  incógnitas del ser:

“Sin pesar ni miedo ni desdicha
vencedora sin tregua, ejerce
alta y humilde los secretos  
de la resurrección; la  clave 
de la vida inmortal persevera.”

El poeta se transmuta. Vuélvese diáfanamente sabio. Sabe que:
  
“Todo se le  muestra, nada teme;
nada encubre, todo protege.
Nacientes formas perfecciona,
llama de salud conduce, fija
en un punto el tiempo y lo repara.
Y armoniza en una las voraces
cuatro criaturas que componen
los rostros vivientes de la esfinge...”

Se estable la  comunión esencial. No se confunda con milagrería. Pero para  haber llegado aquí, a donde es posible fijar en un punto el tiempo y repararlo, este hombre ha tenido que andar largos caminos y comerse de sus carnes y en sí mismo. No hay purificación sin dolor. Todo viene de lejos y en la memoria del poeta está  escrito, en su Fuego de pobres, donde nos deja dicho:

"Tigre la sed, en llamas, me despierta;
hambre mi corazón. Y el rostro
de las cosas me observa; el  medio rostro
de lo que va naciendo; mi morada.
El naciente en la noche,
el rostro para el día de mi rostro.”

Sí, únicamente tras haber sido tan intensamente humano y haber “ensayado los  nombres que ensayaron sus abuelos”, únicamente así: tras haberse sumergido en el fragor de lo humano, Rubén Bonifaz Nuño, pudo dar el salto hacia  las  subliminales esferas, pues mucho antes de flamear en llama  viva  frente a la  claridad de los espejos cantó a sus “demonios” y a sus “días”:

“Desde  la  tristeza  que se desploma,
desde mi dolor que me cansa,
desde  mi oficina, desde  mi cuarto revuelto,
desde mis cobijas de  hombre solo,
desde este papel, tiendo la  mano...”

Hombre y alma en hito de humanidad. Soledad en compañía. Busca perenne. Experiencia desgarrada y desgarrante del diario vivir:

“Con gentes distintas en apariencia
camino, trabajo todos los días;
y no me saludo con nadie: temo.”

Sí, ahí estuvieron los días y los demonios. Ahí siguen estando. Sin embargo,  por El  ala  del tigre, Rubén Bonifaz Nuño halla sorpresivos senderos:

“Todas  las  cosas juntas  vienen
al instante del mundo; y tiemblo,
y al sol y a la sombra tiendo el alma
coronada de amarillos huesos
y  flores  moradas. Armisticio
del tiempo y lumbre. Primavera.”

El  miedo anda  todavía  por ahí agazapado no obstante el respiro del armisticio. Y el poeta  lo sabe mientras lo amoroso, tristemente, le tiembla, como un pájaro herido, entre las manos:

“Espinas y llamas y cenizas 
caídas de tus  manos. Blanca
miseria de cartas  moribundas
que  no te dicen nada, y llaves
de cerraduras enmohecidas
que no abrirás. Palabras, años.”

Dueño de su palabra ceñida y luminosa, Rubén Bonifaz Nuño, nos biografía la vida, que es de todos y que  alguna vez, o muchas  veces, se pudo llamar Julia, Eloisa y  Betina, aunque  la  desnuda realidad lo impulsa a cantar con desértico acento:

“Casa  de muchos  huéspedes, tu vida
no  tuvo nunca el que esperaste.”

Y aquí  se nos  viene  a la  memoria del corazón lo expresado por  Goethe: “El eterno femenino  nos guía hacia lo alto”. Femenina es la muerte. Rubén Bonifaz Nuño, desde su tigre alado, nos ha dicho:

“Desolada
opulencia  del temor. Y solo
por el gusto de morir,
vivimos”.

Poeta grande entre los  grandes,  Rubén Bonifaz Nuño, nacido en Córdoba, Veracruz, 12 de noviembre 1923 y nacido a la poesía, a la que tan fiel ha sido siempre, con La  muerte del ángel, para culminar con la  La  flama en el espejo. Ahí donde “los contrarios en alianza”, ven  arder “la  belleza victoriosa”, porque ahí, el poeta, logra el “poder de las  llaves que guardan los signos de su  mano”, eso que “a plena luz  se oculta”. Y conoce y nos da a  conocer  el secreto:
  
“Y es amor  la respuesta sola, 
y  hay amor –alma, lo sabes-
como el amor  que se le debe”.

“Puritas cordis”. Sí, la poesía de Rubén Bonifaz Nuño alcanza, en luz de inteligencia, la pureza del corazón. Y como diría Casiano: “Con el fin de obtener esta pureza de corazón debemos  hacer y buscar todo cuanto  podamos buscar.” El poeta ha  buscado por “El ala del tigre”, por  “Los demonios y los días”, por  “Fuego
de pobres”, “Por el manto  y la corona”, “Por  imágenes...” Ha buscado y  hallado en vívida  flama, para  darse  a manos llenas.

En Rubén Bonifaz Nuño  se reencuentran  la teoría y la praxis. “In Veritate”. Y, en la verdad de lo vivido y de  la verdad de lo vivido, nace su palabra, es decir, su poesía, en unión de fieras y ángeles reconciliados
en ese “su absorto cántaro atmosférico”, tan antiguo y tan nuevo como el sol de cada  día.